Desde el primer momento, fueron solo ellos dos, y su ropa, de pronto excesiva, caída en el suelo con la naturalidad de las promesas cumplidas. Había otra hambre y otra sed durante largo tiempo insatisfechas, había un vacío por llenar que solo ahora, mientras trataban de colmarlo, comprendían que grande era.
Frank apoyó la cabeza en la almohada y cerró los ojos. (...)
La piel de Helena, única en el mundo, en contacto con la suya, que al fin hablaba un idioma conocido.
Aquellos ojos tan hermosos, velados por una sombra.
La mirada de pronto asustada cuando Frank la estrechó entre sus brazos.
Su vos, un soplo rozando sus labios.
"Te ruego que no me hagas daño", le había pedido.
Frank sintió que los ojos se le humedecían de emoción. En vano buscó ayuda en las palabras. Helena había pedido la misma ayuda y tampoco la había encontrado. El único idioma que hablaron fue el fuego y la dulzura con que se buscaron, con que se reconocieron, necesitados el uno del otro. La poseyó con toda la delicadeza de que era capaz; deseó ser un dios capaz de volver el tiempo atrás y cambiar el curso de las cosas. Y descubrió, mientras se perdía en ella, que podía hacerlo, que ella podía darle la fuerza para convertirse en ese dios, para ella y para sí mismo.
Borró el sufrimiento, si no los recuerdos.
Los recuerdos...